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Turismo | 13/11/2013
Autor: | Fuente: http://turismo.perfil.com/24705

En busca del antiguo Omán
 
En busca del antiguo Omán Muchos de los turistas que visitan Omán quieren ver sobre todo el desierto. Están buscando la antigua Arabia, los escenarios de las mil y una noches.

 

 

Es como si uno estuviese conduciendo sobre la nieve. Las ruedas dan bandazos para llegar a la siguiente duna. Ahora no hay que ir demasiado lento ni demasiado rápido. Los cambios de velocidad hay que hacerlos correctamente, las ruedas no deben derrapar, el coche no debe quedar atascado.

Afuera, la temperatura bajo el sol llega a casi 40 grados centígrados. Medir la temperatura en la sombra no es posible en medio del Rimal al Wahiba, el desierto arenoso de película en el este del Sultanato de Omán, porque no hay nada que pudiera proyectar una sombra. Sólo hay arena, hasta el horizonte, y dunas de una altura de 150 metros.

Por cuanto que el paisaje es tan inhóspito, los campamentos del desierto para los turistas están situados en la orilla del Wahiba. Sin embargo, por la noche allí también reina el silencio absoluto y la soledad. Delante de las puertas descansan los dromedarios.

En los campamentos, algunos de ellos lujosos, se ponen en la mesa platos opulentos. La media luna cuelga del cielo como una balanza de plata. Muchos de los turistas que visitan Omán quieren ver sobre todo el desierto. Están buscando la antigua Arabia, los escenarios de las mil y una noches.

En Mascate, Simbad el Marino, si en realidad hubiese existido, estaría hoy en el lugar equivocado. Lo primero que observa el turista en el aeropuerto de la capital de Omán es una limpieza aséptica. En la carretera, muy iluminada, que conduce al centro de la ciudad hay cuatro sucursales de McDonalds.

En Omán, los conductores de coches sucios tienen que pagar una multa. El minarete más alto de la gran mezquita reluciente se alza al cielo con un color blanco radiante. El templo se puede cubrir con un techo automático, a pesar de que en Omán casi nunca llueve. El candelabro de cristal en el interior de la mezquita fue en algún momento el más grande del mundo.

Omán hace propaganda presentándose como un destino turístico tranquilo, abierto y seguro. Así es si se compara este sultanato con muchos otros países árabes. En el inestable país vecino Yemen, grupúsculos fundamentalistas secuestran con frecuencia a extranjeros.

Como consecuencia de las revoluciones árabes, también hubo protestas violentas en Omán. No obstante, la situación general sigue siendo tranquila. Los turistas pueden explorar el país de forma independiente, sin ser molestados por policías corruptos o atracos a mano armada. Además, Omán muestra una belleza pura, casi somnolienta. Nada que ver con el gigantismo y la megalomanía de los emiratos.

Si se quiere buscar las huellas del Omán histórico, hay que viajar en coche desde la costa al interior del país en dirección a Nizwa. Toda la historia de Omán gira en torno a esta antigua ciudad del desierto. Desde el año 751 tuvo aquí su residencia el primer imán ibadí. La fortaleza que el sultán mandó construir en el siglo XVII sobresale a las palmeras y las casas de la ciudad.

La torre de defensa, redonda, es la más grande de Omán. Los visitantes tienen que subir escaleras para llegar a las almenas y las troneras: la fortaleza era una instalación de defensa perfecta. En el interior hay cuadros explicativos que describen cómo los atacantes eran rociados con miel de dátil caliente desde las ranuras situadas sobre las entradas estratégicamente importantes.

El turista también se encuentra con el antiguo Omán cuando viaja a las montañas, hacia el Yabal al Ajdar y Saiq, y cuando visita a Abdullah Saif al Saqri, el “rey de las rosas”. Junto con su familia, este hombre elabora laboriosamente agua de rosas. Entre fines de marzo y mediados de abril se cosechan las rosas de montaña omaníes. El clan de Abdullah elabora en cada temporada unas 800 botellas de agua de rosas, un destilado codiciado que se usa como sustancia aromática para determinados platos y en la cosmética.

Por la noche, en el monte Jabal Sham, de una altura de 2.000 metros, la temperatura baja por primera vez. El sol se hunde en medio de la bruma del horizonte antes de alcanzar la cresta de la montaña. A poca distancia del hotel para pasar la noche, la montaña cae casi 1.000 metros hacia un valle con un río seco.

Cuando el calor se hace insoportable durante el día, los numerosos wadis (depósitos de agua) dan frescura. El wadi Bani Jalid, con sus aguas de color turquesa, es especialmente verde y, por eso, muy bonito. Los turistas pueden nadar hasta la afluencia de este estanque.

Con sus antiguos sitios culturales y sus regiones desiertas y áridas Omán recuerda a la antigua Arabia que los europeos creen conocer de viejas historias. Todo es tan tranquilo y crepuscular: hombres barbudos vestidos con dishdashas blancas están sentados a la sombra de palmas datileras; los beduinos que viven en los márgenes del desierto dan de comer por la noche a sus camellos.

Muchos de ellos sólo viven del turismo: cuecen para los turistas una barbacoa de cabra en un pozo excavado en la tierra, tienen celulares y reconcilian de forma agradable, nada alterada, la tradición con lo moderno.

Una perspectiva del futuro turístico de Omán la da el centro turístico de Jabal Sifah, que se está construyendo en la costa a unos 45 minutos de Mascate. Este complejo protegido cuenta con un puerto artificial, negocios, una playa privada de dos kilómetros y un circuito de golf de 18 hoyos. Está previsto que cuatro hoteles renombrados se inauguren aquí en los próximos años.

Hay 30 villas y 92 apartamentos de estilo italiano que no cuestan menos de 250.000 euros (unos 340.000 dólares). Muchos de ellos ya están vendidos. Hasta ahora, Omán ha sido un país donde el pasado y el presente se sobreponen cuidadosamente. En el enclave Jabal Sifah asoma un futuro sin cara propia, perfectamente intercambiable.

 
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